La dependencia europea de los combustibles fósiles está golpeando a la ciudadanía por partida doble este verano. Las olas de calor, los incendios forestales y las sequías están devastando vidas y comunidades. Al mismo tiempo, el continuo aumento de las facturas energéticas está ejerciendo una presión cada vez mayor sobre las familias y las empresas.

Mientras la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, prepara su discurso sobre el Estado de la Unión Europea para septiembre, eco-union se suma a otras 197 organizaciones y empresas para pedirle que haga de esta la última crisis de combustibles fósiles de Europa.

Porque la dependencia de los combustibles fósiles no es solo una amenaza climática. También deja a Europa expuesta a importaciones volátiles, precios inestables y crisis económicas. Una Europa resiliente necesita un camino diferente: energía limpia, asequible y producida en Europa.

Europa está pagando dos veces este verano por su dependencia de los combustibles fósiles.

La primera factura llega con los pagos mensuales de energía. Las renovadas tensiones geopolíticas han vuelto a incrementar el coste del petróleo y el gas importados, añadiendo decenas de miles de millones de euros a la factura energética de Europa. Los hogares y las empresas vuelven a pagar por una dependencia energética que deja al continente extremadamente vulnerable ante acontecimientos que tienen lugar mucho más allá de sus fronteras.

La segunda factura está llegando de una forma mucho más devastadora. Un calor récord se ha extendido por el sur y el centro de Europa. España, especialmente expuesta al aumento de las temperaturas, las sequías y los incendios forestales, ha vuelto a experimentar las consecuencias de unas condiciones climáticas cada vez más extremas. Los incendios forestales han destruido grandes extensiones de terreno, viviendas y negocios. Los ríos se han secado, las cosechas se han visto afectadas, los sistemas sanitarios están sometidos a una presión creciente y el número de víctimas sigue aumentando. Una vez más, los europeos están pagando con su salud, sus medios de vida y sus finanzas públicas. Se trata de enormes daños colaterales derivados de un sistema energético que hoy puede iniciar su transición si existe un plan claro entre sectores y un amplio respaldo político.

A menudo, estas dos facturas se tratan como cuestiones separadas. No lo son.

Ambas tienen su origen en la misma debilidad estructural: la continua dependencia de Europa de los combustibles fósiles.

Durante años, los responsables políticos europeos han presentado la acción climática, la seguridad energética y la competitividad como agendas separadas. La realidad es justamente la contraria. La vía más rápida hacia una energía más barata y fiable, una mayor resiliencia industrial y una mayor autonomía geopolítica es la misma que permite reducir las emisiones: poner fin a la dependencia europea de los combustibles fósiles.

La Unión Europea ya ha demostrado que puede pensar estratégicamente cuando se enfrenta a desafíos existenciales. El informe Draghi sobre competitividad ha redefinido el debate sobre el futuro económico de Europa. El trabajo de Letta sobre el mercado único ha hecho lo mismo respecto a la integración económica del mercado único.

Europa necesita ahora una hoja de ruta igualmente ambiciosa centrada en otra vulnerabilidad estratégica: la dependencia de los combustibles fósiles.

Eco-union, como parte de la coalición, aboga por una hoja de ruta europea conjunta para poner fin a la dependencia de los combustibles fósiles, y el discurso sobre el Estado de la Unión Europea de la presidenta Ursula von der Leyen en septiembre representa una gran oportunidad para ponerla en marcha.

Una evaluación independiente y basada en la ciencia que responda a una pregunta sencilla: ¿qué hace falta para que esta sea la última crisis de combustibles fósiles de Europa?

El primer paso es cuantificar el verdadero coste de la dependencia de los combustibles fósiles, no solo a través de la factura de las importaciones, sino también de la exposición a las fluctuaciones de precios, los impactos sobre la salud, los daños medioambientales y las pérdidas relacionadas con el cambio climático. Europa sabe sorprendentemente poco sobre la carga económica total que se impone a sí misma al seguir dependiendo de los combustibles fósiles.

El siguiente paso es identificar la vía más rápida y competitiva para abandonar esta dependencia. La electricidad renovable, la eficiencia energética, la electrificación, unas redes más sólidas, el almacenamiento y la economía circular son soluciones cuya eficacia está ya suficientemente demostrada. El reto consiste en desplegarlas a la escala y velocidad necesarias, con apoyos específicos, garantizando al mismo tiempo las cadenas de suministro de las que depende la industria europea. Para España, con su gran potencial en energías renovables, acelerar esta transición representa también una importante oportunidad para reforzar la seguridad energética y la competitividad.

Además, cada euro de dinero público debería someterse a una pregunta sencilla: ¿reduce la dependencia europea de los combustibles fósiles o la prolonga? Demasiada financiación pública, demasiadas subvenciones y demasiadas decisiones de inversión siguen reforzando el sistema energético de ayer en lugar del de mañana. Desde la invasión rusa de Ucrania, Europa ha gastado aproximadamente 450.000 millones de euros al año en importaciones de combustibles fósiles, y se prevé que esta cantidad aumente drásticamente en 2026.

La transición debe incorporar a la ciudadanía europea de manera justa. Las regiones, los trabajadores y los hogares que sostienen la economía europea no pueden limitarse a asumir los costes del cambio. Al contrario, deben ocupar un lugar central en el diseño de las soluciones y las vías para llevarlas a cabo.

Cuando hablamos de rentabilidad y eficiencia, la naturaleza debe formar parte de la estrategia. Los bosques, humedales, suelos y espacios verdes urbanos de Europa no son simplemente activos medioambientales. Son infraestructuras esenciales que ayudan a enfriar las ciudades, reducir las inundaciones, almacenar carbono y reforzar la resiliencia frente al cambio climático, a menudo con costes muy inferiores a los de las alternativas de ingeniería. Esto es especialmente relevante para España, donde la sequía, los incendios forestales, el calor extremo y la escasez de agua ya están ejerciendo una presión creciente sobre los ecosistemas, las comunidades y las actividades económicas.

Ninguna de estas prioridades es nueva. Lo que ha faltado hasta ahora es un marco estratégico único que las conecte.

El debate europeo se ha fragmentado, creando divisiones entre la política industrial, la seguridad, el clima, la agricultura y las reglas fiscales. Sin embargo, cada nueva crisis energética demuestra que todas ellas son facetas de un mismo desafío: la dependencia de la energía fósil importada hace que Europa sea más débil, más pobre, menos competitiva y menos resiliente.

España debería exigir que la UE convierta el fin de la dependencia de los combustibles fósiles en una prioridad estratégica europea. El discurso sobre el Estado de la Unión de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en septiembre debería hacer algo más que responder a las últimas crisis. Debería poner en marcha una hoja de ruta que garantice que no haya una próxima.

Europa no puede evitar todas las crisis geopolíticas ni todas las olas de calor. Pero sí puede decidir si los combustibles fósiles seguirán haciendo que ambas resulten mucho más costosas de lo necesario. Este discurso sobre el Estado de la Unión representa una oportunidad para ofrecer una visión clara de un futuro sistema energético europeo que sea asequible, renovable, seguro y producido en Europa.

La pregunta es si von der Leyen y su Comisión realmente quieren hacer de esta la última crisis de combustibles fósiles de Europa.